
Llegados a un punto de… madurez, es hermoso rememorar el camino recorrido, siempre y cuando se inicie ese viaje al pasado, desde un estado anímico positivo y cierto sentimiento de satisfacción personal… Y hace dos días, con el motivo de la presentación del libro de un queridísimo vecino del barrio donde nací, en el que él recoge todos nuestros recuerdos, nuestro orgullo y nuestros Principios, y los convierte en Historia de la humanidad entera, resumida y representada en apenas una docena de calles, pude emprender llena de orgullo un fantástico viaje a ese pasado, acompañada por las personas más insignes y carismáticas, que podáis imaginar, y que comparten conmigo los mismos Principios y el mismo origen.
Es emocionante y motivador, sobre todo en esta época, en la que todo son quejas, reproches y la parálisis por terror ante la crisis, que envuelve el mundo, volver la mirada hacia los Principios de aquella generación de mujeres y hombres sin más recursos para salir adelante y enfrentar cada nuevo día que su amor propio y su propia dignidad; aquellos que sobrevivían compartiendo habitaciones en las legendarias y archiconocidas casas de vecinos, donde existía una sola pila para lavar y recoger agua para asearse toda una comunidad, y un solo retrete común para todos…
Aquellos mismos hombres y mujeres, que, nadie consiguió convencerles que no tenían derecho a creer que sus humildes sueños de tener una casa propia, podrían materializarse un día, si perseveraban trabajando con maestría e ilusión, en aquello que mejor sabían, ó mejor podían hacer…
Gente que jamás culparon a nadie y que aceptaron sencillamente, pero sin la resignación de los miserables, que les tocó vivir la cara más áspera y dura de la vida, y que, pese a ello, ó por ello mismo, más fuertemente se asentaba en ellos Los sólidos Principios de la solidaridad entre vecinos, de la lealtad, del reto de mejorar un poco cada día, y de la honestidad más noble y limpia; abonando así el terreno inhóspito sobre el que crecían, hasta convertirlo en un pequeño edén, en el que vivían en Paz y donde reinaba la bondad, la picaresca, el amor, y… cómo no, el orgullo de ser quienes eran, y la alegría de vivir trabajando para prosperar…
Mujeres y hombres, que lograron a fuerza de su trabajo y por medio de esa solidaridad sin fisuras entre ellos, convertir aquel arrabal, aquella pequeña Sevilla de extramuros de casas de vecinos paupérrimas, en el más céntrico y prestigioso barrio emblemático sevillano, de preciosas casas unifamiliares que es hoy, y cuyos herederos celebramos este año, llenos de orgullo, su primer centenario, rindiéndoles un merecidísimo homenaje, y el justo reconocimiento a la hazaña de habernos dado a sus sucesores todo lo que necesitamos para ser hoy las mujeres y hombres de Principios Comunes y Universales que somos, y gozar de la calidad de vida que gozamos, gracias a ellos, y solamente a ellos, que sin quejas, sin reproches y sin caer jamás, ni en el abatimitiento, ni en la delincuencia, salieron dignamente de aquella época, que no era de crisis, sino de una miseria tan absoluta, que no solo le negaban los derechos más fundamentales, y les ponían todo tipo de impedimentos para crecer las esferas más altas de una Andalucía que era azul, ó dominada por quienes se denominaban de sangre azul, sino que hasta se les pretendía robar el derecho a soñar con un futuro mejor para sus hijos y sus nietos.
Antesdeayer volví a mis Principios, mis principios en todos los significados que esta bellísima palabra pueda tener en el diccionario y la conciencia universal de todos los seres humanos; me reencontré con personas de pelo blanco y ese aspecto bondadoso y cansado, pero de pose erguida, tan propio de los sabios griegos, que aparecen jóvenes y llenos de energía, acarreando bloques de hielo en sus hombros, en las viejísimas fotografías en blanco y negro, que guardaba mi familia, y que yo misma aporté para el evento; vecinos de mi barrio, cuyos hijos pequeños, en las instantáneas, y sus nietos, llegaron a ser premiados científicos de renombre en el mundo entero, campeones del mundo en halterofilia, cirujanos, catedráticos, futbolistas de élite,fundadores y directores de las más grandes empresas españolas, concejales, diputados respetadísimos en el mundo de la política, jueces valorados de prestigio y trayectoria intachable, que son motivo de orgullo para todos … Todos los que, como yo, aunque formamos parte del heroico 95% de descendientes de aquella generación, que nos condujeron hasta nuestro asiento en la Universidad, pero que no ocupamos puestos de tanto reconocimiento social, y que, compartimos con ellos la satisfacción por sus logros alcanzados, y ellos nos apoyan en nuestros proyectos, como nuestros abuelos compartían la dicha, y se apoyaban mutuamente en los momentos que se necesitaban, en los que jamás les faltó el aliento de los demás…
He de deciros que, aunque no soy yo ninguna de esos cientos de personas eminentes, que pueda hoy convertir en personajes célebres y famosos a esa mujer y ese hombre, que configuran mi origen y constituyen Mis Principios, que contemplar una foto de mi abuela y su nombre y el de mi abuelo, inmortalizados como héroes, en un libro autobiógrafico, por el hijo de su queridísima vecina, mi tata Encarna, convertido hoy en un prestigioso doctor cum laude, con tanto poder de convocatoria, poniéndoles de ejemplo, para exponer al mundo la magia y el poder de la dignidad humana y Los Principios necesarios para ser amados y respetados y recordados por todo un Barrio, y para salir adelante en cualquier crisis, no solo me ha llenado, aún más de orgullo y satisfacción, sino que, una vez más, me han desbordado el corazón con el amor y la esperanza que se necesita para seguir trabajando con dignidad, asumiendo el reto y la ilusión de mejorar cada día, sin caer jamás en el abatimiento, y que nada, ni nadie, ni en ninguna circunstancia, puedan robarnos el sueño de un futuro y un mundo mejor para nosotros y nuestros descendientes.
Juguetona.
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