Siempre que escucho el Concierto de Aranjuez, me recuerda a mi Tierra sumergida en la siestas veraniegas de los meses de Julio sevillanos, cuando el calor… la calor aprieta tanto, que las calles, siempre bulliciosas, se quedan inusualmente quietas y silenciosas… pero sin perder su impronta risueña…
La guitarra dibuja los sonidos del rumor del agua de las fuentes, y el aroma de la flor del naranjo y los jazmines, que flotan en un aire, tan denso y caliente, que hace inhabitable el Edén, que se contempla a través de los cristales de las ventanas entoldadas, tras los cuales, aletargados por el calor, aquí la calor, y resguardados en la sombra, los sevillanos duermen, acunados en el balanceo de viejas mecedoras, mientras cantan los jilgueros.
El sol cae desde el cielo azul, sobre las azoteas de las blancas casas sevillanas, derramando implacable su calor; deslizándose por la cal resplandeciente de las paredes, que los sevillanos encalaron en primavera…
Derrama el sol su calor en infernales lenguas de fuego, por esa cal, que arde los ojos al mirar, recorriendo las paredes de las casas, desde las tejas hasta el suelo… y el suelo va ablandándose lentamente… se ablanda, hasta conseguir la ilusión óptica de irse derritiendo en charquitos de agua caliente…
Y parece Sevilla una Venecia sin góndolas… Una fantástica Venecia encantada, llenita de espejos brillantes…
Parece vencida mi Tierra… Tan desierta al mediodía, y silenciosa en el sopor de la siesta…
Contemplar La Giralda y las vetustas Iglesias a través de la ventana, inmersas en esa quietud que reina en las tardes de Julio, sin que ni una brisa mueva siquiera las frágiles hojas de los naranjos, es contemplar un lienzo donde dejaron impresas sus huellas los árabes, judíos y romanos, con sus riquísimas y milenarias culturas, en las orillas del hondo Guadalquivir, seducidos por los dones de este Río marinero, que separa, caprichosamente a Triana y Sevilla, y en cambio nos comunica y acerca a todos los pueblos del mundo…
Es verdad, que le gusta al sol retrasarse en su caida, y permanecer largo rato en el Aljarafe, alargando el calor y la luz de los días, cuando a las ocho de la Tarde, las campanas de las Iglesias llamando a la Misa, despiertan las palomas de los parques, y se despereza del sopor de la siesta la ciudad…
Y a mí me encanta verle desaparecer lentamente, derrotado finalmente por la vida que renace en la sombra que deja, en un pulso que gana siempre el corazón de mi Tierra y mi gente…
y me gusta esperar a que vuelva la luna, a ocupar su lugar en el cielo a la noche, porque al mirarse, tan fría en el Río, refresca sus aguas calientes, y levanta, por fín, puñaditos de brisas que mueven el aire…
Y da gusto ver salir, recien duchados, los andaluces a la calle, y atravesar despacito ese Puente, que Eiffel construyera, para que no se quedara El Cachorro gitano, con la pena de no pasear por Campana, ni ningún sevillano, con las ganas de cruzar a Triana, para besarle la mano a la Virgen de la Esperanza…
El Concierto de Aranjuez, me recuerda las largas tardes de siestas de Julio, y el despetar sin igual de mi Tierra, mientras el sol, seducido se atrasa, alargando los días, por contemplar a Sevilla despierta, desde lo alto del cielo cada verano, dolido en su marcha, por los balcones de ensueño del Aljarafe sevillano…
Juguetona.