Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va…”

A las ocho y media de la mañana, con la noche, Dios llamó al mejor dibujante de sonrisas… Aquel niño eterno, a aquel hombre bueno, cuyos peores vicios fueron los caramelos sugus, y las mujeres de pechos grandes… A mi amigo Paquito…

Ayer su espíritu juguetón, grande y libre, como el de los gorriones, que él alimentaba con miguitas de pan, se escapó de la prisión, en que los años habían convertido su cuerpo menudo y de piel blanquísima y suave… su piel de bebé…

Ayer… Después de haberlo entregado todo, emprendió su primer viaje, más allá de Despeñaperros, llevándose un trozo grande de mí, dejando en mí, y en todos cuantos le conocimos, repartido su corazón de Pan, en las miguitas más tiernas, dulces y nutritivas, que ninguna ave del cielo pudiera soñar…

Otro amigo que se va… Otro inolvidable ingeniero de Puentes, que unía universos… que construyó, con sus huellas en mi vida, otro camino seguro a seguir… Otro amigo que se convierte en Luz… En faro de Luz encendido para guiarme y que no me pierda entre tantas rutas, de las que llevan al cielo…

Ayer Paquito emprendió su vuelo, y se fué… Como Él a menudo, orgulloso, le gustaba cantar:

“De Sevilla… ¡Al Cielo!”

Ve con Dios, amigo mío… Y descansa en Paz…

Juguetona.