La palabra, mal usada, es tan dañina, si no más, que un arma blanca.
Si le clavas a una persona una navaja en el costado… cuando la sacas… ¡La herida está hecha!¡Ya no basta con pedir perdón para remediar el daño!
Igual que la mentira contra el honor de una persona, la injuria, la calumnia; pero si bien la herida del costado puede curarse, aunque deje ya para siempre la cicatriz en el lugar de la herida, la calumnia hiere la buena imagen de la persona, de tal forma, que siempre queda abierta.
No hace falta que os diga, que estoy en contra de cualquier tipo de violencia, pero desde luego, la injuria y la falsedad, desde mi punto de vista, o quizás sea más honesto decir, desde mis sentimientos, es un acto aún más cruel, si cabe que un navajazo.
Han manchado vilmente el honor y la imagen de un hombre bueno; un hombre cabal, desde los pies a la cabeza, un hombre íntegro… Un hombre al que hoy mismo, me he dado cuenta que lo quiero más, mucho más de lo que yo me imaginaba…
Anoche le pidieron perdón… ¡cobardes! Perdón, no por arrepentimiento, pues sabían que mentían, sino por temor a las represalias legales; después de haberle obligado a demostrar su honestidad, con lo difícil que es eso, y conscientes que ya para siempre algo de la calumnia quedará asociada a su nombre… Cuando lo honesto es no acusar a nadie sin pruebas, ni extender bulos por pura envidia y bajeza de espíritu. Los muy ignorantes, ni cuenta se han dado, que aunque la nobleza de este hombre no le permita negarles el perdón, ante todo el mundo han quedado por lo que son… difamadores, envidiosos y cobardes…
Hoy, ya con con la verdad ampliamente demostrada, una verdad tan limpia y brillante como su mirada de hombre cabal… No ha podido evitar llorar delante de mí, que he creido en todo momento en ÉL, y me traía la demostración de la verdad, como un regalo por la fé que deposité, sin duda en ÉL… Después de decirme, que la ilusión por traérmela, ha sido de donde sacó las fuerzas para no rendirse y marcharse en silencio… ¡Dios del cielo! Se me ha roto el corazón de verle llorar, por primera vez, a un hombre tan duro y alegre como ÉL … Dios mío… Él me pedía perdón por llorar delante de mí, y se cubría la cara avergonzado, mientras yo, de haber conseguido apartarlas de sus ojos, me hubiera bebido cada una de sus lágrimas… Pero solo pude abrazarle y tragarme mis propias lágrimas de impotencia, para no correr el riesgo, que creyera que le tenía lástima, cuando verle llorar despertó en mí más admiración por ÉL que nunca…
No es cierto que los hombres que lloran son cobardes… Ver llorar a este hombre de 90 kilos, con fuerza en sus manos para clavar alcayatas en la pared, sin martillo, solo con la palma abierta (que lo he visto en alguna ocasión), que no conoce el miedo a nada, que va por la vida mostrándose tal cual es, sin dobleces ni corazas, a pecho descubierto… Verle llorar por la pena, la decepción y la injusticia tan grande que ha sentido, sin merecérselo en absoluto, no antes de reunir el coraje de enfrentarse al mundo y demostrar con un par la verdad, y perdonarles luego, sin un reproche siquiera y sin represalias… Me ha hecho verle tan hombre, o más hombre aún, que aquella madrugada, hace unos meses … cuando delante de una chimenea, después de escucharme decirle que no estaba enamorada de él, me abrazó como hoy le abracé yo, y tragándose sus lágrimas, a besos… se bebió la mías…
Juguetona.