En mi adolescencia, trataba sin descanso, de conquistar mi independencia, mi intimidad, mi mundo aparte… Ahora entiendo que todo eso, no solo lo tenía en gran parte, gracias a ella, sino que gracias a ella, he podido disfrutar de la libertad y la vida, sin conocer la soledad.
No conozco la soledad. Yo sé, que mientras ella exista, no permitirá que me sienta nunca sola.
Cuando era pequeña competía con el tiempo, pretendiendo ganarle la carrera y hacerme mayor, antes que él pasara e imprimiera sus huellas sobre mí… Ahora comprendo, que mientras ella exista, ni el tiempo, ni yo misma con mis prisas por crecer, conseguiremos que deje de ser una niña entre sus brazos, que busca la paz y la esperanza en la luz de sus ojos verdes, y respuesta sencilla a todas mis preguntas, en la verdad, transparente y blanca de su palabra.
Ella me enseñó lo hermoso que es ser mujer. Con ella aprendí que mis pechos y mi vientre, no solo eran paraisos de placer, sino que en ellos se encontraba la fuente de la vida y el hogar más cálido y dichoso para nuestros seres amados;
Mi madre me enseñó a valorar el divino don que poseen las manos de una mujer, en cuyas caricias, no solo se encuentra el gozo de la piel, sino el alivio al dolor de las derrotas y al orgullo herido, la fuerza para no rendirse, el empujón y el coraje para emprender el vuelo y el aplauso y el reconocimiento más sincero, de todos los éxitos, por más pequeños que fueren, de nuestros hijos, del hombre que amemos, y de los hijos de nuestros hijos…
Ella enseñó a mis hermanos a venerar y respetar el cuerpo de cada mujer, como Templos que guardan la esencia del amor y la fuente de la vida, y que, como el suyo, son punto de partida, remanso de dicha, maná de fuerza y refugio seguro de otras vidas, tan valiosas como cada una de las nuestras.
Para ella, y para todas las mujeres, que han dignificado al máximo su condición humana y su esencia de mujer, y nos han enseñado con la entrega de su cuerpo y de su corazón, al milagro de la maternidad, el verdadero rostro del amor, mi más profundo reconocimiento, mi agradecimiento más sincero, mi admiración y mi deseo, que cada día del resto de vuestra valiosísima vida, recibáis regalos envueltos en afectos y sonrisas, que sean días de besos, de rosas y miel … que cada día sea para vosotras ya para siempre, recompensa a tanto como entregáis… que cada día, desde ese minuto, que emprendísteis felices y generosamente, la especial dedicación de vuestra existencia, y vuestra alma a la maternidad, sea para vosotras, tan espléndido, luminoso y bello, como este primer domingo de Mayo…
¡Felicidades!
Juguetona.