En el patio del recreo de mi colegio, justo en su centro, crecía un limonero… No sé si por la corta edad y pequeñísima estatura, que tenía entonces, recuerdo aquellos limones, grandísimos, perfectos y de un amarillo extraordinariamente intenso, entres aquellas hojas, verdes, verdes … “verdes esperanza“, que decía Don Vicente.
Don Vicente, me enseñó a asociar sensaciones y sentimientos, difíciles, o imposibles de definir, con colores, sabores, olores y sonidos…
Aquella mañana, el patio estaba lleno de charcos; había llovido, como llovió anoche, aquí en Sevilla y el aire, como hoy, olía a tierra mojada… Entonces caí en la cuenta, que había pasado muchísimo tiempo, desde la última vez, que él había regado, con una regadera colorá y pequeñita el gran limonero…
- Don Vicente, ésta agua le vendrá bien al árbol, al pobre, ¡le riega usté tan poquito!
- Pero le riego, juguetona… Como a vosotros, mis niñ@s, como a mi mujer, como a mis hijos…
Sabía yo que quería hacerme pensar, que quería hacerme entender algo, que yo no lograba enlazar con nada… Comprendía que tenía que ver, con las personas más importantes para él, ¡pero hasta ahí llegaba!
- ¿Qué quiere usté decí, que somos iguá que un árbol?… ¿Alcornoques, que usté convierte en limoneros?? jejeje
- Jajaja… No, jugue; por mejor que yo regara un olmo, ¡jamás daría peras! jajaja Y muy estúpido sería yo, si se las pidiera, jeje… Pero mira; yo sé poco de botánica, sin embargo, voy a contarte lo que he descubierto, observando por mí mismo:
Si decides cultivar un árbol, has de pensar, antes que nada, en sus raices, porque a través de ellas, recibirá lo que tú y la naturaleza le proporcionéis; porque ellas, las raices, deben sustentarle fuertemente, para que no le abata fácilmente, las inclemencias ineludibles del tiempo; ni los vientos, ni las lluvias torrenciales…
Por eso yo, no acostumbro a mis árboles, a buscar en la superficie el alimento, para que sus raices no crezcan débiles, casi en el aire, sino que les obligo a ahondar en la tierra, a buscar en lo más profundo de la tierra el agua y el calor, para que arraiguen profundamente y mantenga firme y robusto al limonero, logrando así, que desfiando a las inclemencias del tiempo, sobreviva y permanezca… Es verdad, que muchos, por pereza, se empeñan en buscar y esperar el alimento fácil y superficial, que yo no les proporciono, y el primer aguacero, acaba con ellos; es cierto que los que buscan en la profundidad, crecen más lentamente… Pero, juguetona, ¡a la vez que crecen, se van haciendo fuertes y se van afianzando en las entrañas de la Tierra! Y si tú eres la Tierra, y eres Tierra fértil, es justo allí, en lo más hondo, donde nunca va a faltarle el agua y la savia, que le hará crecer, firme y recto, apuntando al cielo y, luciendo los limones más bellos y jugosos, que puedas imaginar…
Ahora, con los años, me doy cuenta que, también en ésto, Don Vicente tenía razón.
A lo largo de mi vida, he cultivado un buen montón de árboles y, sólo siguen en pié, aquellos quienes buscaron dentro de mí, lo que me negué a ofrecerles fácil en mi superficie… Espero que Él, así lo entienda… Que le gane la batalla a la pereza, que no se rinda… Que arraigue hondo en mi corazón, lentamente, poquito a poco, sin prisas… Porque algo me dice, que de nuestra relación, podrían nacer limones, tan grandes, jugosos y amarillos, como aquellos que crecian en el limonero de mi colegio, entre aquellas hojas verdes, verdes… ¡verde Esperanza!

Juguetona. 