No soy yo de ir a escuchar Misa…

Aunque, quizás, porque la ventana del dormitorio, de la casa donde he crecido y, vivido los años más felices, daba al campanario de una de las más bellas y vetustas Iglesias de Sevilla, el repique de campanas, llamando a la oración, es uno de los sonidos más bellos del mundo para mí, me suenan como un Himno de Alegría… Me suenan a Domingos inolvidables …

A la algarabía de mis hermanos, peleando por la ropa de guapo que compartían; a los tacones de mi madre presurosos por el pasillo, para coger sitio preferente en la misa de once… A la maquinilla de afeitar de mi padre… Pueblan mi memoria de mañanas soleadas de juegos y risas, que se me antojaban entonces eternas… Como si el lunes, con la tediosa rutina, no fuese a llegar nunca…

¡A mañanas de gloria!, cuando el cielo era entrar en aquel templo y sentarnos los cinco juntos, perfectamente arreglados, justo a tiempo y, contemplar a mi madre orgullosa, con ese brillo en la mirada, santigüarse victoriosa…

Esa costumbre yo no la he seguido, ni mis hermanos tampoco… Sin embargo he mantenido la fé y la amistad con mi Cristo… Hemos mantenido tantas y tantas conversaciones, cuando la Iglesia se quedaba vacía, que en algún momento, la fé se convirtió en camaradería…

Perdí las formas, me olvidé del protocolo… Dejé de ver al rey y el arte del imaginero y comencé a ver a un amigo… ¡Le llamo Manué, al Hijo de Dios! … ¡Que Dios me perdone!

Voy muy pocas veces a verle allí… Aunque tengo en casa un cuadro de Él, al que me dirijo, cuando nadie me ve y sigo hablándole a escondidas y a solas…

- ¡¡Manué, mi arma, échame un cablecillo con el proyecto de mañana, chiquillo!!

- Manué… ¡Hoy te has enrollao, tío, gracias! (le mando un besito con la mano) ¡Ésta te la debo!!

- ¡Qué grande eres! ¡Ya se ha puesto buena mi madre! (llorando) Joooeeer… ¡No sé cómo voy a pagarte esto!… Este año, cuando te bajen del altar, voy pa llá ¡A comerte los piés a besos!

El domingo pasado fue el Besapiés de mi Cristo…

Nos pusimos las dos bien guapas y entramos juntas al templo…

¡Qué contraste de sentimientos!

Mientras caminaba a su lado, adentrándome en el silencio, respirando solemne el olor a incieso, ajena a la majestuosidad de tantas obras de arte y, embullida de pleno, en la paz y la sobriedad que emanaba, de aquella figura, desnuda casi y, crucificada en el suelo… Algo grande y fuerte se me removió en el pecho… No sé explicarlo con elocuencia, sin que suene cursi …

Era gozo y nostalgia alegre de otros tiempos… Era alegría por el reencuentro…  Era gratitud  por la clemencia, que con nosotras, mi dios amigo, había tenido desde el cielo… Y, aquella punzada de dolor, que desde niña siento, cuando le veo así en el suelo… Esa imagen me traslada siglos atrás en el tiempo y, me llega, real, como una llaga abierta, el dolor por lo que tuvo que sufrir aquel hombre, de mis años, que representa ésta figura sobre el suelo, contemplando a su madre llorar, mientras Él impotente, clavado en la cruz, se iba muriendo… Sumando a su agonía, el tormento de ver, a la mujer que te ha parido y amamantado, con el corazón roto… Para mí, desde siempre, ¡el peor de los suplicios!

No podía llamarle Manué… No me parecía el mismo que el de mi retrato… 

Sin darme cuenta repetí la oración que de niña me enseñaron:

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre Verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser vos quien sóis, bondad infinita y, porque os amo… Me pesa de todo corazón haberos ofendido…

No podía comerle, juguetona a besos, como le había prometido… Le besé los pies… Como la Magdalena que cuenta los libros, no como una amiga, como siempre le he besado… 

¿Cómo se puede pedir por la vida, a un amigo crucificado y muerto?

De pronto, como una respuesta, las campanas redoblaron a Gloria, mi madre me llamaba contenta bajo la hermosísima ojiva de la  puerta; tras ella, las palomas, al son del repique, rompieron a volar desde la Torre, salpicando el aire de blanco en bajísimo vuelo y, el sol, a través de una ventana redonda, en ese instante mismo, atravesó la oscuridad, como un rayo, bañando de luz y vida a aquella figura, en el suelo dormida…

… No sé si fue mi imaginación, probablemente, o mis propias esperanzas en el verdadero sentido de la vida … Pero, como Marcelino Pan y Vino, escuché una voz que en mi oido, enfadado repetía:

¿Quién te ha dicho a tí, que yo estoy muerto?

¡Eso es mentira! ¡Resusité al tercer día!

¡Y no me llames Señor! ¿O ya no eres mi amiga? Yo soy er Manué, tu Manué ¡Y déjate ya de tonterías!

- Vaaaleee… Vaaleee… No te me enfades… ¡Que te pones mu feo! - en mis adentros, le contesté yo -  Manué, amigo mío… pérdoname tós mis fallos… ¡Pero Tú no me falles!… ¡¡Por tu pare!!…

y por el Hijo… ¡y por el Espíritu Santo!!  ;)

Juguetona.