¡Qué guapo, virgencita del Rocío!!
Su pelo negro ha vuelto a crecer…
Esa mirada penetrante,
esos labios jugosísimos,
que apenas sonrien alguna vez.
Esa espalda erguida y robusta,
ese pecho anchísimo,
ese vientre plano y duro,
como su gesto…
Aquellos finales, rozando la perfección,
tanto de su vientre, como de su espalda…
Su voz, que susurra y ordena
al mismo tiempo…
Sus manos expertas en caricias,
que exploran y hallan tan fácil
lo que buscan…
¡Cómo siguen encendiendo mi deseo!!
Para colmo de mis males,
tomó mi cintura,
puso su mano morena en mi mejilla,
el monte de venus sobre mi hoyuelo
y los dedos en mi nuca…
Y depositó un beso despacioso y lento,
justo en la comisura de mi boca…
Con su voz autoritaria, me ordenó:
- Dame un beso… Nena…
Sólo Él me llama nena,
encendiendo en mis entrañas
un fuego que devasta y asola
mi cuerpo entero,
destruyendo todas las barreras,
por mí impuestas, para salvaguardar
mi serenidad y el autocontrol
de mis instintos más básicos…
Como una flor tiemblo.
Me convierte en flor
que se abre a la luz…
Una flor, más que húmeda,
empapada del rocío limpio y fresco
del torrente de mis ganas de él…
Me duelen mis ganas de él…
Me muerdo mis ganas de él…
Sufro en mis carnes
mis enormes y condenadas
ganas de él…
Y cuando me apretó contra su cuerpo,
en aquel abrazo,
familiarmente erótico,
brutalmente sexual,
y a propósito, porque me conoce bien,
me repitió al oído,
lo que siempre me decía
justo antes de hacerme al amor:
- Nena… ¡Qué rica me sabes!
Sólo se me ocurrió invocar a Dios
para mis adentros:
“Padre… Perdónale…
¡Porque no sabe lo que hace!!!
¡Que no vuelva a rozarme siquiera!
¡Porque no respondo de mis actos!
Que agua que no quiero darle a beber…
¡Qué pena dejarla así… correr!!
Juguetona.