Morbo. Martes, Oct 2 2007
Ensueños 5:05 pm
Su voz al teléfono era todo cuanto conocía de él…
Eso y su morbosidad… Esa inclinación a dar otro significado a mis palabras y modular a la vez el tono de su voz… empujándome, transportándome a fantasías coloreadas de inmoralidad… prohibidas… incluso, a veces, insanas… Pero absolutamente deliciosas y calientes… Muy calientes…
Nunca había logrado imaginar el color de su pelo, ni de sus ojos; y fijaros, que para mí, invariablemente, el sexo comienza siempre en una mirada.
Nunca puse medidas a la anchura de sus hombros, ni a su altura… Pero el tacto que soñaba de sus manos buscando por mi cuerpo los puntos exactos, para levantar en oleadas, casi salvajes, el enorme placer, que como mujer, en la plenitud de los treinta, puedo llegar a sentir y el calor lascivo y lujurioso, que su voz, por fuerza, me traería, envolviendo su aliento hasta mi piel, cuando me hablara, haciendo realidad las mil posturas diferentes, que me hacía fantasear, se me antojaban tan extraordinariamente reales, como el cable rizado, que con mis manos acariciaba, proyentando en vanas y rídiculas caricias, toda la sexualidad, el morbo y el erotismo que sus conferencias lograban despertar en mí…
El encuentro sucedió en Barcelona.
Sin duda, puedo deciros que viví una de las experiencias más insólitas e inolvidables que, como mujer, he vivido hasta hoy… Quizás la más asombrosa…
Creo que en este hombre volqué, sin pensar en los riesgos, sin temor, sin titubear ni un segundo, todas las fantasías sexuales que se hallaban enconadas en mi alma, por no haberlas podido satisfacer, con todos y cada uno de los hombres que nunca me dieron oportunidad de llevarlas a cabo…
Este hombre se llevó, como un regalo único, los distintos presentes que guardaba para cada uno de ellos y que, por “H” o por “B”, no pude entregarles…
Sus ojos, ni por un segundo, abandonaban los míos…
Los mantuvo clavados en ellos todo el tiempo que duraron las presentaciones de cuantas personas fueron a recibirme, así como durante el café y la visita obligada a las dependencias de la central…
Ni una sola vez bajaron a mis labios, ni a mi escote, ni a ningún otro lugar de mí, que no fuera mis ojos…
Mientras me hablaban y yo respondía sin dejar de sonreir, entendí de repente, que lo que a él le atrapaba allí, en el fondo de mis ojos, era lo mismo que a mí me tenía cautiva en los suyos…
Allí, en nuestra mirada, felina, carnívora y hambrienta, estaba la verdadera esencia del deseo, del erotismo y el sexo; y no en mis senos, ni en mis caderas, ni en sus manos, ni en su boca, ni en su ingle… Ahí, un avispado observador, podría quizás ver el reflejo, ¡pero sólo el reflejo!… La verdadera esencia sexual de él, estaba donde yo siempre la he hallado en todos mis amantes, sólo que esta vez ¡Bendita sea mi suerte! el hombre al que, justo en ese instante, deseaba con todas las fuerzas de mi ser, acababa de descubrir la mía en el mismo lugar…
La certeza que ¡por fín! un hombre, pudiera adentrarse así, dentro mía, traspasarme y verme en mi autencicidad, más allá de los meros reflejos y de lo simpática, o buena chica, o seria profesional, que le hubieran podido contar, me estaba haciendo estremecer y volver a fantasear, mientras caminaba por aquellas oficinas, con un encuentro, que se me hacía imposible posponer por más tiempo… Al que por nada del mundo estaba dispuesta a renunciar… Aún sin saber cómo ni cuándo sería posible y rogando al cielo, que él, que apenas ni hablaba, y ojalá después supiera guardar el más absoluto y elegante silencio ¡Tuviera algo pensado!
Regresé al hotel…
Él no fue uno de quienes me acompañaron…
Tenía dos horas para ducharme, arreglarme y estar lista para que me llevaran a cenar…
Me desnudé frustrada y me metí bajo la ducha…
El agua templada, casi siempre arrastra, en su recorrido por mi piel, lo que me frustra o me duele y suele dejarme limpia por completo… Y aquel deseo, brutal, insano, deliciosamente morboso e insatisfecho, me estaba lastimando…
No había terminado de secarme, cuando sonó el teléfono…
Supuse que serían mis padres, a los que, a pesar de pedirme cien veces que les llamara cuando llegara, ¡se me había vuelto olvidar hacerlo!…
- ¿Sí?… Díga…
Al otro lado sonó una voz, que mi cuerpo, erizando mi piel y endureciendo mis senos, reconoció y reaccionó ante ella, antes que mi mente…
- Soy yo, Juguetona… ¿Estás preparada?
- Estaba terminando de vestirme…
- ¿ Desnuda?… uhmm…
- Sí… Pero no tardo nada en vestirme…
- Ni se te ocurra… ¡Déjame imaginarte!… ¿Estás mojada?
- Ahora sí…
Tras unos segundos de… extraño mutismo… Quizás, pienso ahora, calibrando el peligro antes del salto al vacío, que estaba a punto de realizar:
- ¿Jugamos a “Imagina si…”?
(Hemos jugado miles de veces, él en su despacho, allí en Barcelona y yo en Sevilla, en el mío; pero no al nivel que, con su pregunta directa, estaba realmente morbosamente… proponiéndome).
Contesté con voz decidida y sexual, sin pretenderlo siquiera… Dejándole así patente y claro que tenía tantas o más ganas que él de… jugar:
- … Imagina que sólo me cubre una toalla blanca… Imagina mi olor…
- Hueles a una mezcla de rosas y almíbar… y a sexo de mujer… el olor a tí, inunda la habitación… Imagina que tocan a la puerta…
Dos golpes tenues en la puerta me hicieron ponerme en pie, sorprendida y exitada caminé incrédula hasta ella.
- Imagina, que oigo la llamada y me dispongo a abrirla… Una mano sujeta el móvil, con la otra hago un débil nudo en la toalla para evitar que se caiga al suelo, dejándome desnuda y… mojada…
Abrí, temblando aquella puerta… Y allí, con el teléfono en el oído, estaba Él… Clavando nuevamente en mis ojos su mirada…
-Imagina que abres y soy yo… que estoy mirándote, sin poder creerme, que pueda aguantarme las ganas de arrancarte esa toalla y apoyándote contra la puerta hacerte el amor…
- Imagina, que tirando nerviosa de tu camisa, te meto en la habitación y cierro la puerta, para apoyarme sobre ella, como te gusta imaginar… asegurando con mi cuerpo, que quedó cerrada del todo y estamos por fín, después de dos largos años esperando, completamente solos…
Colgamos a la vez el móvil… Y pegándose a mí, permitiéndome sentir el calor de su cuerpo y su aliento, exactamente como siempre había imaginado… Oliendo él en mi cuello, deshaciendo con destreza el nudo de la toalla… Aplastándome literalmente contra la puerta… Mordiendo el lóbulo de mi oreja… poseyéndome con su voz ronca, antes que con su carne:
- Deja de imaginar… Juguetona… y no cierres ni un segundo los ojos… Necesito verlos brillar justo ahora… ahora… Así… No lo cierres, Juguetona… Quiero verlos brillando así… Como te están brillando ahora… ¡Dios! ¡Superando lo que un hombre pueda imaginar!!!
Y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, los mantuve abiertos hasta el final, esa y todas las veces, que junto a él derramé toda mis ganas atrasadas, con las que otros hombres me dejaron…
Mantuve mis ojos siempre abiertos para Él… Para el primer hombre, que supo ver en el fondo de ellos, algo que los demás buscan, hallando sólo un reflejo, en mi escote…
Juguetona.
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