Un minuto… Un instante es suficiente…
Un olor, una caricia, un silencio en el momento exacto… Y toda una vida cobra sentido… Se hace plena la existencia.
Un alcornocal nos daba abrigo. Olía a hierba…
Él me hablaba y su voz se confundía, con una armonía, que jamás hubiera sospechado fuera posible, con el sonido del agua del arroyo, con el de las hojas secas, que la brisa húmeda y algo fría de la caída de la noche, llevaba de un lado para otro como si de un extraño y romántico vals se tratara… Con el sonido de mi respiración acompasada a la suya, que sentía sobre mi cuello…
Era extraño estar allí y sentir esas mariposas, viejas conocidas, ya casi, casi olvidadas, revoloteando en mi interior nuevamente…
¿Cuántos años he de cumplir para dejar de ser una niña?
¿Cuántas decepciones para perder la fé en la magia de las estrellas?
¿Cuántas besos de amor habrá que recibir para dejar de temblar?
Allí estaba, como cada año, esperando la lluvia de estrellas bajo el cielo más azul que conozco, para formular un buen puñado de deseos…
Quizás fuera el marco, o los duendes traviesos, que cuentan las lenguas antiguas, habitan entre estos alcorques y encinas, o la luna hechizera y celestina… Pero en un instante dejó de interesarme el cielo para quedar prendida en sus ojos negros… ¡Dios mío! allí, en ellos, brillaban todas las estrellas del universo, todas las constelaciones, todos los deseos concentrados, ni sé cuántos miles de sueños, ni qué cantidad de esperanzas…
Sus labios, en ese instante, se me antojaron manantial claro, oasis inesperado para calmar esta sed infinita… ¿Porqué esta sed mía de amar? ¿Cuándo se hizo crónica?… ¿Cuándo estos oasis dejarán de ser espejismos?
Seguramente, pensé, no será él tampoco a quien espero, seguramente mi corazón loco, al contrario que el caballo, a cuyos lomos había llegado hasta allí y ahora permanecía dócil y quieto como una estatua de sal, habría vuelto a desbocarse y mi razón, que no sabe galopar, que pierde el control de las riendas de mi vida cuando él acelera de esa forma brutal su ritmo tranquilo, haría ya un buen rato que habría caído de la silla y quién sabe dónde estaría, dejando gobernar libre a mi peligroso corazón desbocado…
A pesar de lo idílico del momento y el paisaje, no era romanticismo lo que sentía… Embriagada de un deseo salvaje me sentía absolutamente libre, sin conciencia y sin memoria, arrastrada como las hojas secas, por el vendaval que sus caricias levantaban en mis sentidos… irresponsable de mis actos, incapaz de pensar…
Empujada por mis ansias de beber del manantial que adivinaba tras su boca, donde sus ojos me invitaban a tomar, bebí … primero a sorbos, lentamente… después como si toda una vida no fuera suficiente para saciarme por completo….
Así, mirando a sus ojos cuajados de luz de estrellas, en la locura y sin razón de la pasión desatada, entendí que la vida… mi vida, está hecha de pequeños instantes, cosidos unos a otros, distintos todos y cada uno de los trozos; como aquellas colchas que hacían mis tatarabuelas con retales, que para ellas eran más valiosos que la lana más virgen por lo que habían significado en sus vidas y por eso le ofrecían el mejor abrigo y el calor más dulce en las frías madrugadas…
Entendí, mientras su amor se desbordaba en mi vientre, avivando mis ganas inagotables de sentir, que para amar, toda una vida no basta, y sin embargo, para ser feliz, un instante… ¡Es suficiente!

Juguetona.
Deja una Respuesta »